Número: 34.     4ª época.     Año XVII     ISSN: 1989-6289

34 > Ambientación > Relatos > El éxodo de Kust 2 (Pan). Por: Servobot «Frank Guerra»

 

El Éxodo de Kust. Capítulo 2

autor: Servobot (a.k.a. Frank Guerra)

Gakkdar habló con él largo y tendido. Le explicó como fueron capturados por unos terribles seres que al principio confundieron con espíritus del Maligno pero que luego comprobaron que se trataban de una raza de lagartos inteligentes que se dedicaban a capturar hombres para venderlos como esclavos. Después de que Kust quedara atrapado en el interior de la cabaña, el resto del poblado luchó contra los reptilescos seres como pudieron pero cayeron rápidamente; nunca habían luchado contra enemigos así y muchos estaban asustados. Además, con ellos venía una bestia gigantesca que destrozaba a los que se acercaban con solo un golpe de cabeza, cubierta por tres poderosos cuernos. Esto aterrorizó más si cabe a los habitantes que quedaban en pie y provocó que la batalla se transformara en una huida desordenada a través de Madre Jungla de los pocos que no habían caído todavía, pero hasta donde sabía Gakkdar, todos fueron capturados. El resto, muertos.

Menos Kust.

Después, le explicó como fueron trasladados hasta el Exterior por sus captores, que no hablaban su lengua y eran muy violentos, aunque no mataron a ninguno más. Hasta que abandonaron Madre jungla no les alimentaron apenas, pero una vez fuera los metieron en unas extrañas chozas de madera que eran arrastradas por otras criaturas parecidas a la que se llevaron al poblado y de las que no podían salir y entonces sí que les alimentaron bien y muchos volvieron a recuperar las fuerzas perdidas en las jornadas anteriores. A partir de ese momento, viajaron durante muchas jornadas hasta que llegaron a un poblado habitado por muchas más criaturas iguales a sus captores. Allí pasaron una jornada entera mientras sus captores comían y descansaban. Gakkdar lloró mientras le relató el horror del día pasado en aquel horroroso grakin: habían serpientes por todas partes y alguna se coló en la choza en la que ella se encontraba, atacando y matando a uno de ellos mientras los hombres serpiente se reían mirándolos y devorando vivos a pequeños animales que sacaban de agujeros en el suelo.

Kust la abrazó y le permitió que llorara. Era la primera vez desde que todo pasó que tocaba a alguien de su tribu, y esa persona estaba llorando como Kust no había visto llorar a nadie en su vida. Notó como una rabia crecía y crecía en su interior, pero la obligó a desaparecer; ahora Gakkdar le necesitaba. Le preguntó si era bien tratada y entre sollozos ella le contestó que si, pero que se sentía muy sola.

Sirvan el Justo intervino entonces. Había permanecido callado durante todo el relato, escuchando a su esclava hablar pero sin entenderla, ya que habló con Kust en su idioma natal. Aprovechó la pausa de sus sollozos.

- Si te está contando que la trato mal es mentira. Si hablas con cualquiera de mis esclavos te podrán decir que no les falta comida ni descanso y solo les castigo cuando lo merecen.

-No, me está contando la triste suerte de mis hermanos de tribu. Todos ellos sufrieron el ataque de hombres serpiente y mataron a muchos. Al resto los hicieron prisioneros y al parecer, los están vendiendo como esclavos.

-Vaya, nunca había pensado en las historias que hay detrás de mis esclavos,- se mesó la barba pensativo- pero supongo que son grandes historias trágicas.

-¿Podrías decirme cuanto hace que tienes a Gakkdar como esclava?- y clavó su mirada en él.

- Pues algo más de dos drumas. Estaba terminando la época fría. Y su historia concuerda. Realmente fue una caravana de esclavistas hombres serpiente los que llegaron aquí. Vendieron unos pocos esclavos, pero no eran como los de tu tribu. Se notaba que habían conseguido capturar más de otras tierras. Estuvieron solo un día aquí y se marcharon. No tuvieron muy buenas experiencias con un grupo de dwaldur que viene de vez en cuando a comerciar y coincidieron con ellos.

Kust recordó al grupo que vio en el mercado pero no dijo nada. Una idea surgió en su mente y ocupó toda su concentración. Una idea descabellada, suicida, inalcanzable.

Se puso de pie.

-Bien, he de marchar, gracias por aceptarme en su cabaña.- Se dirigió a Gakkdar en su propia lengua:- Hermana, me ha alegrado mucho este encuentro, todavía queda esperanza para la tribu del Gran Fuego;- le puso un brazo en el hombro- debo dejarte, pero te prometo que nos volveremos a ver.- Ni él mismo sabía muy bien por qué decía eso; la idea que había surgido en su mente era tan absurda que le daba ganas de gritar.- Este hombre te trata bien y con él estarás segura hasta mi regreso.

Sirvan se incorporó, sorprendido por la brusca reacción del joven.

-¿Ocurre algo?- preguntó.

- Nada, simplemente debo marchar. Muchas gracias de nuevo por dejarme entrar en tu cabaña y hablar con mi hermana de tribu. Me ha ayudado mucho, y veo que está bien cuidada.

-Ya te lo dije, trato bien a mis esclavos.

Se dirigieron hasta el umbral y allí se separaron. Sirvan quedó contemplando al joven alejarse antes de regresar al interior y colocar las hojas de palma de nuevo en la entrada.

Kust anduvo muy rápido hasta perder de vista la gran casa, cosa difícil porque destacaba bastante al estar en el centro del Grakin. Se apoyó contra un árbol y se dejó caer hasta el suelo. Allí estuvo un buen rato, poniendo en orden sus pensamientos y decidiendo su próximo paso a dar. El encuentro con su compañera le había alterado mucho, más de lo que se permitió mostrar ante ella, y necesitaba calmar los nervios. Se distrajo un poco viendo pasar a la gente ante él y dejando que el día terminase poco a poco, alargando las sombras rápidamente hasta que el Sol se ocultó tras los árboles que rodeaban Siempreverde y le servían de protección. Todavía le causaba una extraña sensación el ver el Sol tan claramente, acostumbrado a la vida en Madre Jungla, donde el Sol era un gran brillo tras las copas de los grandes árboles la mayor parte de las veces, y al que nunca había visto esconderse tras la línea del horizonte hasta que se encontró perdido en las grandes llanuras del Este. El Exterior.

Al anochecer, sacó de su pequeño hatillo algo de carne seca y unas raíces para comer y lo consumió allí mismo. Al acabar se dirigió hacia el centro del grakin una vez más y pensó en donde pasar la noche. Si por él fuera, no tendría mayor problema en dormir en el Bosque de las Serpientes pero lo que había oído sobre él no le animaba a intentarlo. No podía arriesgarse a sufrir algún daño ahora que tenía una misión clara en mente.

A esa hora, el mercado estaba desmontándose. Los mercaderes recogían sus mercancías y regresaban a sus casas o a sus caravanas si eran de fuera de Siempreverde. Kust reflexionó unos instantes y se acercó a un mendwan de aspecto afable que recogía sus pieles ayudado por un niño.

-Saludos, mercader. Soy Kust el perdido. Ando buscando sitio para pasar la noche y me gustaría saber si puedo darte algo a cambio de pasar la noche en tu refugio.

El vendedor se quedó mirándolo mientras sujetaba un montón de pieles oscuras. Le dijo al chaval que se las llevara a la caravana e ignoró las protestas de este, que prefería claramente quedarse a ver que hacía el extraño de piel oscura. Señaló la lanza:

- ¿Guerrero o cazador?

- Ambas cosas. Puedo procurarte alimento si aceptas que me quede.

-¿Por qué me has elegido a mi? Hay tabernas donde poder pasar la noche mucho más cómodamente que en mi caravana.

- Me has parecido una persona de confianza. Además vengo de la Selva del Gran Espíritu, como la llamáis los que vivís en el Exterior y no estoy acostumbrado al barullo de los grakins, con sus multitudes y sus ruidos a todas horas. Si tienes una caravana fuera de Siempreverde lo prefiero a dormir aquí. Además, mañana partiré de este lugar y si puedes contarme algo de la zona, tanto mejor.

El mercader sonrió y Kust vio que le faltaban un par de dientes, lo que le daba una divertida expresión a su sonrisa.

-Está bien, puedes pasar la noche conmigo y mi hijo, pero a cambio mañana cazarás la comida mientras nosotros vendemos aquí. No he vendido mucho y me vendrá bien la comida. Me llamo Ruk Pielmojada, y no preguntes el por qué de ese nombre. Mi hijo, que se ha dado prisa en ir y volver de la caravana por primera vez desde que partimos, se llama Tuk Pielmojada.

-¡No me llamo Pielmojada, me pondrán un nombre mejor como…Mataraptors! – gritó el pequeño, que acababa de llegar.

Ruk se rió con grandes carcajadas y Kust también se rió brevemente. Definitivamente había elegido bien, los espíritus seguían de su lado.

Ayudó a la pareja a terminar de recoger las mercancías y fueron hasta la caravana. Se trataba de un carro de madera cubierto por una techumbre de cuero cosido tirado por un chillón que gritó brevemente al ver a Kust acercarse tanto. Se incorporó sobre sus patas traseras y husmeó en su dirección agitando la cola por tierra. Era color tierra con la poca luz que había, pero al día siguiente, Kust vio que en realidad era de un color ocre más claro.

-No te preocupes, se pone nervioso ante extraños pero no te hará nada.- Le tranquilizó Ruk.

El niño dejó las pieles descuidadamente en la parte cubierta y se fue a jugar con el chillón después de desatarlo.

-Le estamos tratando de acostumbrar a ser montado. De momento solo nos deja atarlo al carro, pero se lleva bien con el niño. ¡Creo que será él quien acabe encima suya y yo debajo si sigo intentando montarme!- Y rió de nuevo.

-Parece un buen animal. Los había observado de lejos en las llanuras pero no había visto a uno domesticado hasta ahora.- Y se detuvo a observar sus movimientos.

-Son muy resistentes, pero hay que tener paciencia con su domesticación, son muy cabezotas. Este es hijo de uno que tuvo mi padre hace una mano de estaciones de fuego, si mal no recuerdo.

Ruk se quedó observando al animal corretear con su hijo junto a Kust. La noche ya había caído y las estrellas comenzaban a brillar. Al norte la druma comenzaba a perfilarse con sus haces de colores.

Un rato después prepararon una hoguera y cenaron a su alrededor. Kust, pese a haber cenado ya, volvió a hacerlo para no ofender a sus anfitriones. Ruk y Tuk resultaron ser tan amables como parecían y no dudaron en compartir su comida y sus pieles para dormir con él. Esto le impresionó tanto que casi llego a las lágrimas. Estaba acostumbrado a las malas caras y a las miradas de desconfianza de los que se encontraba. Al parecer no era muy común la hospitalidad con un cazador de tierras lejanas. Kust se preguntó si resultaría tan amenazante como para justificar ese trato. No creía que lo fuera.

Después de la cena hablaron durante un tiempo, Ruk le contó que venían de una aldea que estaba a una mano de jornadas al Sur y al Oeste de Siempreverde. Viajaban solos porque no les gustaban las caravanas de mercaderes que cruzaban la región. Siempre atraían problemas, además los esclavistas andaban también cerca de de ellas y Ruk los aborrecía.

La madre de Tuk les esperaba en la aldea. Estaba embarazada y no era conveniente que hiciera el viaje. Quizá al regresar ya hubiera parido, lo que tenía muy excitado al comerciante.

Kust les contó parte de su historia, pero omitió toda la verdad. De repente se sintió muy cansado y no tenía ánimos para contar todo su periplo desde que abandonó a Madre Jungla. Se dijo que habría tiempo para ello.

Como la noche acompañaba y era calurosa, se durmieron alrededor de los rescoldos de la hoguera. Kust se sumió en un profundo sueño acompañado de la pesada respiración del chillón, que estaba a escasas varas.