Número: 173.     4ª época.     Año XVI     ISSN: 1989-6289

173 > Aventuras > Rojo y Oro > 2x13 - La muerte de Doña Bernarda (1808). Por: Don Toribio Hidalgo

 

2x13 - La muerte de Doña Bernarda

Rojo y Oro

El domingo de Cuaresma las campanas de la iglesia tocaron a duelo, un toque lento con dos campanas distintas terminado con tres toques finales, una mujer había muerto. Cuando nuestra cuadrilla se personó en el lugar se enteraron que la fallecida era Doña Bernarda, la misma que pocas semanas antes había perdido a su marido y que había protagonizado cierto incidente sufragista en el casino de la localidad.

Chaparro se santiguó y agachó la cabeza, más para disimular su cansancio que por respeto a la difunta. Madales observaba a las beatas y plañideras como si no estuvieran allí, mientras que el sargento murmuraba, sacudía los pies y se agitaba como si le hubiera picado algún bicho de esos de los pajares. De repente salió de la plaza donde se reunían los lugareños y encaminó por la cuesta de piedra que llevaba hasta la casa de Doña Bernarda. Sus compañeros de andanzas le siguieron, ¡qué remedio! Y los tres llegaron con el resuello entrecortado hasta el pequeño murete que limitaba el acceso a la pequeña finca. Pasaron por encima, sin molestarse en llegar a la abertura practicada para gentes más civilizadas y llegaron a la puerta. Llamaron una vez, llamaron dos veces y entraron.

No había nadie en el interior, pero se adivinaba el vacío dejado por la mujer en el hogar. Y era literal, la mesa de té estaba volcada y había un hueco entra esta y el sofá con una mancha de sangre sobre la alfombra. Los enterados decían que la mujer había tropezado con tan mala fortuna que se había golpeado contra la mesa y muerto del golpe, pero Padilla no se lo creyó. Señaló algunos objetos, algunas manchas y asintió. Chamarro quiso confirmar sus sospechas:

—¿La han apiola'o jefe?

—Sin duda —confirmo él.

De regreso a la iglesia y entre murmullos los miembros de las mangas verdes comentaron quién podría haber querido matar a la buena mujer. ¿Quizás había sido el cuñado que así podría quedarse con las tierras? ¿Quizás había sido Clara, la criada, de quién las lenguas maledicentes decían que era una hija secreta de Don Ramón, el difunto marido? ¿Quizás algún miembro del casino se había sentido ofendido por las palabras que Doña Bernarda pronunciara en su casa? ¿El presidente engañado? ¿El amigo del gobernador humillado?

Fuera quién fuera, ya tenían una misión.