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miércoles, 24 de febrero de 2021


 

El primer sol del planeta Cager acababa de alzarse sobre el horizonte. Era el más distante y pequeño de los dos y tiznaba las sombras con el tono azulado de brillo. Aún quedaban algunas horas para que el gigante rojo hiciera su aparición y diera comienzo al día. El rocío, tras las trece horas de noche empezaba a congelarse en las grandes hojas de los arbolledos y el vaho de su respiración parecía una nube blanca que alimentara las nieblas densas que zigzagueaban entre los arbustos del suelo.

Ilustración de Isabel Sánchez realizada para la nueva edición de Exo.

Olió su miedo. No, no era posible que su presa le hubiera visto u oído, pero sabía que tenían una especie de sexto sentido, algo que les había permitido sobrevivir más allá de cualquier cazador, más allá de cualquier otro cazador. Y tenía miedo, sabía que iba a por él. Retrajo las garras, por instinto, mientras alzaba la cabeza para seguir el rastro de aquel olor. No hacía mucho que había pasado por allí.

Los arbolledos son árboles de ramas gruesas y fuertes que forman una tupida maraña en los bosques de Cager. Algunos troncos alcanzaban varias decenas de metros de diámetro y algunas ramas podían ser tan gruesas que no se podía abarcarlas con los brazos abiertos. Eso creaba un entorno muy peligroso, pues generaba una cierta sensación de seguridad, pero cualquier mal paso, haría caer al osado visitante a la vegetación de superficie poblada de arbustos espinosos que contenían mil y un venenos, la mayoría de ellos mortales, excepto para los pocos animales que habían conseguido evolucionar en dichas condiciones. Pero él no pensaba en eso mientras iba saltando de rama en rama, primero las manos, luego los pies, soltando su cuerpo como si fuera un resorte y usando su cola para equilibrarse en el aire. No, sólo pensaba en su presa y en lo cerca que estaba de ella. Tras tres días, ya estaba terminando la caza.

Oyó el resoplido de la agotada respiración de su presa, pero antes de que eso ocurriera, él ya se había quedado quieto, como una estatua. El viento le dada en la cara y formaba ligeras ondas en su pelaje blanquinegro. Esperó. El enorme avanlego apareció entre la espesura. Tenía el color negro azulado de las noches de Cager y sus cuatro extremidades cubiertas de una poderosa coraza que le salvaba de las espinas vegetales. La misma coraza protegía su vientre, pero en su espalda, que quedaba en la parte de arriba al ir a cuatro patas, tenía un intenso pelaje negro, largo, del que se decía era su sistema olfativo. La cabeza era enorme, toda ella mandíbulas, cuatro filas con unos enormes orificios que hacían las veces de poderosas orejas. No tenía ojos, pero no los necesitaba. El enorme ser, de casi dos metros de alto y una tonelada de peso avanzó temeroso. Sabía, con su inteligencia animal, que algo no era correcto.

Se sujetó con los pies y la cola en la delgada rama a la que había avanzado y dejó que el resto del cuerpo cayera boca abajo. Estaba apenas a unos centímetros de las poderosas mandíbulas del animal, sobre su nuca. Colocó las dos manos en ambos laterales y durante un instante, lo que tardó el avanlego en reaccionar, sintió el poderoso latido del corazón de la bestia. Un golpe y varios litros de sangre expulsados para alimentar su monumental tamaño. Un golpe y la vida del animal continuaba. Un golpe... y otro. La reacción, el miedo...

El avanlego se alejó lo justo para separarse de las manos que lo tocaban desde la nada y se giró hacia el peligro. No tenía ojos, pero por un instante pareció mirar directamente a su agresor. Las mandíbulas abiertas, sus fosas auditivas giradas hacia él y los pelos de su lomo completamente erizados. Él le observó. El viento soplaba desde detrás de él y sabía que le estaba oliendo, era el olor del cazador, un olor que nunca olvidaría.

Mientras el animal se marchaba y el abría sus labios superiores en una sonrisa, el viento aumentó. El rocío de las hojas se desprendió y le inundó con una lluvia temprana. Las ramas se agitaron. Era un viento cálido, continuo y maldijo su llegada. Su sensación de triunfo apenas había durado unos segundos. No le habían dejado saborear su victoria.

- Teniente Galén - llamó una voz desde la techumbre del bosque - Hemos recibido la orden de buscarle para llevarle de vuelta a la base. Tiene que empezar una misión, Su misión, señor.

Se atusó los bigotes, un gesto que había adquirido cuando quería disimular su disgusto, y trepó a la copa del árbol. "Por fin la misión" pensó mientras clavaba sus garras en la corteza del arbolledo para trepar más deprisa. Empezaba a estar cansado de esperar.

 

 

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«Matar, matar más japoneses.»

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