Número: -1. 4ª época. Año XXIII ISSN: 1989-6289
Rojo. La señal es casi inexistente. Estoy justo en su límite y no le es posible al dataóptico hacerse con ella. Siento la desconexión absoluta como un extraño y suave mazazo. No recuerdo la última vez que lo sentí, pero imagino que fue en la adolescencia, poco antes de que comprasen mi primer dataóptico. Tardo unos segundos en darme cuenta de que la desconexión no es silenciosa. A mi alrededor suenan el arroyo, el aire sobre las ramas tiernas, la cacofonía aviar, orgánica, tan diferente de la pregrabada que suena en los parques del Corporativo.
Vuelvo a intentarlo, pero no hay red a mi alcance, nada con lo que conectar, donde informarme o a quien informar. No había prestado atención a la desaparición progresiva de los canales porque seguía enganchado a la señal del girocóptero, pero debo haber entrado en el área de algún inhibidor. Ahora estoy desenchufado del todo. Muy impresionante. Hacen falta grandes contactos para forzar un área natural sin cobertura de ninguna clase, incluida la señal de satélite, como si fuera un edificio gubernamental o una zona de investigación g-etol.
Chak me mira extrañado cuando retrocedo unos pasos. Ahí está de nuevo, amarillo. La onda del vehículo, una débil conexión que desaparecerá si sigo avanzando. Observo la fronda ante mí; el olor a putrefacción me fascina. He estado en algunas zonas naturales antes, pero todas reguladas. No tenían ese olor. En un bosque controlado habría nanobots en el agua cada cierto tiempo para limpiar la corriente, abejas artificiales polinizando en silencio, pájaros reales mezclándose con sus matronas artificiales. El musgo azulado que cubre azarosamente las piedras habría sido guiado por un biodecorador. En un bosque bien cuidado reina el orden, hay equilibrio y salubridad. Aquí, el caos y la pobredumbre se amontonan, no desaparecen consumidos y procesados por macrófagos inteligentes, sino por bacterias naturales. Las raíces aéreas no están podadas y me obligan a meter las botas de tanto en tanto en el agua.

Peña Conversa J. (2022). Cañón en miniatura. Licencia Creative Commons Atribución Compartir Igual.
Que no haya red significa nada de telesistemas de orientación a los que engancharme. Significa seguir este camino serpenteante hasta el final, con el rio a un lado y el muro de roca al otro, esperando estar en la ruta correcta. El tiempo es un factor importante, porque no se trata de hacer una detención al uso. El tecnicismo es "consulta a sujeto de interés". Si el hombre quiere marcharse es libre de hacerlo y no podría enviar a nadie a perseguirle, acordonar la zona o pedir refuerzos, si no encuentro una prueba de delito. No tengo permiso para estar aquí. Cuando el buen doctor lo sepa, y muy tonto tendría que ser para no haber instalado detectores de movimiento, cámaras o drones de vigilancia, es probable que intente huir, destruyendo todas las pruebas posibles; es lo que yo haría.
Así, le hago un gesto a Chak y seguimos camino adelante, arriba y abajo. Me espera cada vez que he de agarrarme a una rama para no caer al río porque el camino es demasiado estrecho. El viento que nos viene de espalda, lo que para él es frustrante. Le ordeno pegar el morro al suelo y esperar la aparición de un rastro.
A ratos, el camino deja la orilla del río. A ratos la retoma pero nunca le abandonan los insectos que el calor y la humedad crían. El sudor arrastra un polvo negruzco hecho de bichos. Cuantos más aplasto, más vienen. Encuentro por fin alivio, al llegar a un claro que se abre a la izquierda. Un puente de autoportante cruza el río allí. No debe tener muchos años pero se le ha dejado corroer y parte del armazón interno está a la vista. Es un alivio encontrar una muestra de tecnología actual.
Cruzo, notando el leve balanceo de un giróscopo mal ajustado a los levitadores. El doctor no debe querer ver siquiera a profesionales del mantenimiento. Dejo que Chak simule beber un poco, sin atreverme a bajar la vista ni para echarme agua en la cara, a pesar de lo bien que me vendría para despejarme. He llegado a ese punto del insomnio en el que la realidad se vuelve blanda. Lo veo todo desde fuera y no me entretengo en considerar los determinantes de mis acciones, ni siquiera sus consecuencias, sólo los medios, sólo el presente, cada acto seleccionado de un repertorio automático. Es reconfortante actuar con el piloto automático del cerebro puesto, no tener que discutir con uno mismo, una vez que la acción ha comenzado. Es lo único bueno que aprendí del cuerpo de policía de Santuario y no me hizo falta hacer un sólo disparo para descubrirlo.
En esta narración aparecen varios términos relacionados con la ambientación del juego de rol Exo.
Las estructuras autoportantes se mencionan en el manual básico de Exo.
El planeta Necrópolis y su capital Santuario se describen ampliamente en el suplemento El Grito
Lumíferas: 23252 ![]()
Girocóptero: 11461 ![]()
La ciencia g-etol se mencionará en un artículo posterior de la revista Desde el Sótano