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domingo, 15 de marzo de 2026


 

Espejo de las Presencias

Existen objetos a los que nadie quiere ponerle nombre, no porque sean legendarios, ni porque estén protegidos por cultos o sociedades secretas, sino porque nombrarlos implica aceptarlos. El espejo es uno de ellos. Algunos lo llaman el revelador de demonios. Otros, con más cuidado, dicen simplemente el Espejo.

A primera vista no tiene nada de especial. Un marco oscuro, sin ornamentos claros, lo bastante grande como para reflejar a una persona de cuerpo entero. El vidrio no está agrietado ni empañado, pero tampoco refleja con la fidelidad que cabría esperar. La imagen siempre parece algo menos de un segundo más lenta, como si dudara antes de devolver el reflejo.

Se dice que revela demonios. La frase es engañosa. No muestra cuernos, alas ni criaturas surgidas del infierno. Revela presencias. Cosas que ya están ahí, incrustadas en personas, lugares o relaciones, y que influyen en su entorno de forma persistente y corrosiva. Quien se mira esperando ver un monstruo suele no ver nada. Quien se mira sin saber qué busca… a veces ve demasiado.

No crea imágenes nuevas, no inventa. Lo que hace es retirar el barniz que cubre la "realidad". Cuando alguien se coloca frente a él, su reflejo puede mostrar sombras mal definidas adheridas al cuerpo, deformaciones sutiles en el rostro o gestos que no corresponden al movimiento real. A veces no hay cambios visibles, pero la sensación es peor: la certeza de que algo está ahí, aunque no se vea.

Las presencias reveladas no son siempre malignas en el sentido clásico. Algunas son obsesiones enquistadas, culpas que han adquirido peso propio, deseos tan intensos que han empezado a condicionar a otros. Otras son restos: influencias heredadas, violencias normalizadas, decisiones antiguas que siguen empujando desde detrás.

En raras ocasiones, muestra algo claramente ajeno. Una figura superpuesta al reflejo, una silueta que ocupa el espacio del corazón o se apoya en los hombros. No actúa, no habla. Solo parece mirar. Y suele ser suficiente para entender que la presencia no se limita al individuo.

El verdadero poder del espejo no está en lo que revela, sino en lo que confirma. Una vez alguien ha visto una presencia, resulta casi imposible ignorar su influencia. Lugares donde el espejo ha sido usado con frecuencia desarrollan patrones extraños: discusiones que siempre surgen en el mismo punto, accidentes menores repetidos, decisiones colectivas que tienden al daño lento en lugar del colapso inmediato.

No es que libere demonios, es que los hace conscientes. Y una presencia consciente empieza a interactuar con el entorno de forma más intensa. No necesita actuar de manera espectacular. Le basta con reforzar lo peor que ya existe: la desconfianza, la crueldad pequeña, la renuncia.

Por eso muchos sostienen que el espejo no es peligroso por sí mismo. Es un catalizador. Un objeto que acelera procesos que, de otro modo, tardarían años en manifestarse.

En Cunia siempre hay quien busca el espejo deliberadamente. Personas que sospechan que algo las acompaña. Jefes que quieren saber si su organización está "limpia". Individuos desesperados que prefieren una verdad insoportable a una duda constante.

Otros lo evitan con un miedo casi supersticioso. Porque el espejo no distingue entre el demonio y el huésped. No señala culpables, solo muestra vínculos. Y hay verdades que, una vez vistas, exigen una respuesta.

No es raro que, tras una revelación, alguien lo intente destruir. Nunca funciona. El vidrio se rompe, el marco arde, pero el reflejo persiste durante un tiempo en superficies cercanas: ventanas, charcos, metal pulido. Luego, lentamente, desaparece. Para reaparecer en otro lugar como espejo nuevamente.

Los más antiguos rumores afirman que también puede revelar la ausencia de presencias. Personas que, al mirarse, no proyectan nada extraño. Ni sombras, ni deformaciones, ni retraso en el reflejo. Una imagen limpia, inmediata, vacía. Esas visiones inquietan más que cualquier demonio. Se asume que todo el mundo carga con algo y cuando alguien no lo hace, la pregunta no es por qué, sino qué ha tenido que perder para quedar así.

Desde entonces, muchos prefieren no mirarse. No por miedo a lo que puedan ver, sino por temor a confirmar que aquello que les empuja, les corrompe o les duele… es también lo único que todavía les mantiene humanos.

 

 

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Cita

«Matar, matar más japoneses.»

Insignia Delbert W. Halsey