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lunes, 15 de agosto de 2022


 

Paga, amigo, y entra

Xâlin, Solario 1547

Emblema de los Cinco de Ôs

Se pertrecharon en Xâlin, la ciudad que daba nombre a la isla y que hacía las veces de segunda capital del reino. Era una ciudad cara en la que tuvieron que regatear mucho y, como pronto descubrieron, ocultar su intención de ir a las cadenas. En ello, Siguro, el hacedor de historias, demostró que no era una carga para el grupo pues competía en inteligencia con Roba, pero le ganaba en labia. Los lugareños, como se enteraron, tenían cierto temor a las cadenas de las que no esperaban nada bueno y cada vez que alguien se acercaba a ellas con intención de entrar, alguna desgracia acontecía en la zona: tifones, incendios, enfermedades). No, mejor dejar tranquilas las historias del pasado con toda su magia y poder corrupto. Aquello, naturalmente, hizo que su deseo de salir hacia allí se acrecentara.

Salieron hacia Pel y en las paradas del almuerzo en aquel de los primeros días del verano, Siguro les contó algunas historias sobre las cadenas mientras seguían una senda que rodeaba las montañas por el norte. Fueron muchas y muy inverosímiles, pero la que más le gustó a Gorusa fue una en la que Siguro afirmaba que las cadenas colgaban de una isla a otra y que en su interior había un asentamiento de cazadores de dragones. Aquella si era una historia loca porque los dragones llevaban sin ser vistos desde antes de La Guerra de los Portales, miles de años quizás, pero Siguro afirmaba que los cazadores los buscaban en el Vacío con veloces barcos que hacían de cebo (con formas de criaturas aladas) y que los guiaban hasta las cadenas donde quedaban atrapados y donde otros cazadores acababan con su vida. Un dragón colgado en las cadenas podía llevarles un año entero despiezarlo y que la carne resistía mucho si se la adobaba convenientemente y que del resto del dragón se aprovechaba casi todo: dientes, piel, cartílagos, huesos. No necesitaban cazar muchos dragones para mantenerse como comunidad. Ante la pregunta de Valtar de cómo se había roto la cadena, este se encogió de hombros y afirmó: imagino que trataron de coger a algún dragón demasiado grande.

Pel era una villa empobrecida y casi abandonada. Las casas habían adquirido el color gris de la madera no protegida y los huertos mostraban plantas raquíticas que crecían más por costumbre que por cuidados. No se detuvieron mucho allí. Su idea inicial era alquilar alguna casa y utilizarla como base para sus exploraciones, pero visto el lugar, decidieron que lo mejor era acampar cerca de los pilares de las cadenas.

Allí llegaron al anochecer y era un lugar lúgubre donde hasta los animales parecían no acercarse. Dos grandes pilares de piedra, recios como menhires clavados en la tierra, vigilaban el Vacío en silencio, desde hace miles de años si las leyendas eran ciertas. De uno de ellos salía un eslabón de una cadena; era tan grande que el pilar pasaba por su agujero interior y era como si un gigante lo hubiera colocado allí. Asomaba por el borde parte de su longitud y en ese extremo un segundo eslabón caía hacia el Vacío donde la oscuridad lo engullía. Roba pidió que sacarán los flotadores de tillium, pero antes de avanzar hasta el borde miró los pilares. En ambos estaba escrita la misma sentencia que rezaba:

Paga, amigo, y entra.

 

 

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«Si Hitler declarase la guerra al Diablo, nos aliaríamos con el Diablo.»

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