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jueves, 2 de abril de 2020


 

Las puertas del infierno

Aquel payaso me miró como si mi ropa no fuera de su gusto y se cuadró desafiante ante la puerta.

- "El señor Llorente desea ver al señor Alarcón"- repetí la fórmula que había leído infinidad de veces en las novelas baratas a la vez que le alargaba una tarjeta de presentación que había conocido mejores bolsillos.

Agarró la tarjeta con su manaza de carnicero y le prestó tanta atención como al tiquet de la frutería.

Me pareció bien. Era tan falsa como mi sonrisa.

Volvió a mirarme de arriba a abajo y desapareció tras la puerta cerrándola sin darme la oportunidad de bichear el interior.

Miré a mí alrededor buscando algo más interesante que las vetas de la madera que acababan de plantarme en las narices y encontré a un chico de la limpieza intentando dominar un mocho de fregona rebelde. Su mono gris no indicaba nada extraño, pero la manera en que me miraba no terminó de gustarme.

Seguramente me odiaba por no haberme limpiado los pies en el felpudo.

La puerta volvió a abrirse y el gorila, que al parecer acababa de aprender a hablar, me invitó a pasar.

-"Entre"-creo que dijo.

Era un despacho amplio, funcional y sin grandes pretensiones. La falta de la clásica alfombra de oso y la ausencia de caobas en las paredes le otorgó un punto de confianza al diseñador. Los grandes ventanales mostraban una ciudad de fotografía.

Tras la mesa estaba Alarcón, reclinado en su asiento, de lado al escritorio y mirando al techo mientras hablaba por teléfono. Me hizo ademán de que me sentara mientras cerraba la conversación. No le hice caso y miré por encima del hombro. El gorila se había quedado fuera.

Colgó y se detuvo un instante para estudiar por encima de sus gafas de contable. Reparó en la tarjeta que le había dado su guardaespaldas, leyó lo que allí ponía y me miró con una mezcla de extrañeza y aprensión.

-"¿Señor Llorente?"- preguntó por empezar con algo.

Dejé que mi ceja derecha se alzara expresándose por sí misma. "Los dos sabemos que no", era el mensaje.

Pareció entenderlo al instante.

-"Verá, he trabajado varias veces con Llorente y usted no se le parece nada" - se reclinó de nuevo en la silla y su sonrisa no era nada inocente.

Me acerqué a la mesa y deposité la foto. En ella se veía al verdadero Llorente sentado contra la pared, el cuello de la camisa con el botón abierto y la corbata aflojada a la altura del pecho. La mueca de sorpresa con la que se expresaba sería casi divertida si no fuese porque el orificio de su frente la denunciaba como totalmente forzada.

La miró y dejó escapar un breve gesto de admiración.

-"Vaya... una sorpresa inesperada"- su expresión de reserva había cambiado.

-"Tampoco es gratis"- mi mirada seguía tan vacía como la del tipejo del retrato.

Alarcón cruzó los brazos ante sí y se permitió evaluarme por segunda vez.

-"No sabía que tuviéramos ningún tipo de relación comercial" - ahora era él el que jugaba a las adivinanzas y yo, el que sonreía.

-"Eso era lo que esperaba que pudiéramos arreglar, señor Alarcón"- la tensión se había esfumado.

Siguió juzgándome con una mirada negra como la muerte durante un par de segundos más, pareció decidir algo y se puso tranquilamente en pie. Se acercó a un pequeño aparador que había junto a la librería y se sirvió algo de una de las elegantes botellas que allí le esperaban.

-"¿Una copa?"- el ofrecimiento estándar.

-"No gracias" -mi voz sonó casi agradecida- "prefiero dejar las celebraciones para el final, pero sírvase usted. Está en su casa".

-"De acuerdo, como quiera" -bebió un pequeño sorbo de su brebaje- y dígame, señor..."

La tarjeta no valía y yo sí le había llamado por su nombre.

-"Dryden"- contesté a boleo.

-"Dryden" -repitió él con ese tono de pausa valorativa que hacen todos los que alardean de un título en la pared- "¿como el poeta inglés?"

-"El mismo" - respondí, aunque no sabía de quién demonios estaba hablando.

-"Pero su acento no es inglés"- atajó rápidamente. Jugaba bien, pero la conversación amenazaba con perderse en cualquier cosa menos en lo que a mí me interesaba. Me encogí de hombros.

-"¿Ruso o alemán, quizás?"- su cara parecía desear realmente una respuesta.

-"Elija usted mismo"- zanjé con un suspiro de paciencia infinita.

Alarcón pareció encontrar la respuesta a mi actitud en el fondo de su copa y comenzó a cabecear arriba y abajo como si comprendiera. Estuvo así durante unos segundos.

-"Tengo que consultarlo" -dijo al fin con voz grave y sin desviar su mirada del licor- "¿Dónde puedo encontrarlo?".

Me abotoné la americana (suelo llevarla suelta para poder desenfundar la glock rápidamente en caso de que la conversación acabe mal), la alisé con cierta finura y, ofreciéndole un breve saludo con la cabeza le dije que le llamaría un par de días después.

Al salir del despacho el gorila seguía sin sonreírme y el chico de la limpieza ya estaba liado con la cera del suelo.

Ya en la calle encendí un cigarrillo y miré a ambos lados en busca de algún problema nuevo. Nada. Cunia, la única ciudad donde aún no había trabajado, se abría ante mí como una nueva telaraña cargada de promesas y peligros. Unos nubarrones amenazaban tormenta y el aire que provenía de la playa era fresco y con un fuerte olor a arena húmeda. Apreté el paso y me fundí entre los demás.

A los pocos pasos vi una librería. Su escaparate era sobrio pero alejado del aspecto a carcoma de las del Barrio Gótico. Una idea divertida se me cruzó por la mente.

Entré y una campanilla colgada del techo se encargó de que todos los presentes (es decir, la librera y un gato persa) lo supieran.

-"Buenas tardes" - su aspecto era angelical. El del gato, no tanto.

-"Hola"- respondí con tanta inocencia como me fue posible -"estaba buscando algo de Dryden, ¿le suena?".

-"Dryden, Dryden..." -dijo para sí, repasando mentalmente el catálogo que, seguramente, le obligaban a hacer mensualmente.

Recordé lo que dijo Alarcón.

-"El inglés" -le aclaré a la chica. Me parecía una buena idea para saber si me había tomado el pelo.

Desapareció en la trastienda y me quedé a solas con el gato. Esperaba que ella volviese pronto. Nunca he soportado un animal que te mira constantemente como si fueras idiota.

Afortunadamente, volvió antes de lo que creía.

-"Aquí tengo algo" - y me dio un libro de bolsillo.

Así que existía. Lo abrí al azar y me encontré con un aviso:

"Las puertas del infierno se hallan abiertas de noche y de día: fácil es la caída y expedito está el camino".

Sonreí fatuo. Era de los míos.

Fuera sonó un trueno. Pronto empezaría a llover.

Pagué el libro y salí. Al gato le dio igual.

A mí no: al final, junto con el trabajo, había encontrado un nombre.

 

 

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Cita

«Vivimos en un mundo de ficción y la labor del escritor consiste en rescatar la realidad.»

J. G. Ballard