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lunes, 17 de junio de 2024


 

Fragmentos del olvido

(Capítulo VIII)

Con el gran h’sar de escamas negras Shibraa ante él, dispuesto a contarle su versión de la historia de la Guerra de Razas, Naest no pudo hacer más que apoyar su espalda contra la pared cercana a la entrada de la caverna y observar absorto a esa vaporosa imagen del más celebre miembro de la infame raza reptiliana que se supone comenzó todo el conflicto.

- ¿Qué es lo que sabías hasta ahora de los años en los que viví y reiné?

- ¿Qué sé? Pues… - Se apresuró a contestar Naest, al cual comenzaba a resbalarle un ya familiar sudor frío por la nuca.

- Bueno, ¡pues olvídalo todo! – Se apresuró a atajar Shibraa. – ¡Todo lo que te han contado no son más que mentiras!

El h’sar hablaba de una manera muy vehemente, llegando prácticamente a gritar.

- Escucha bien lo que tengo que decirte, joven mendwan… No cambiará nada, el mundo fuera de estas paredes seguirá pensando lo mismo, pero ya que has llegado hasta aquí tienes el deber de conocer la verdad…

Naest se sentía como un roedor a punto de ser devorado por una serpiente. Y en parte estaba seguro que iba a ser así, al menos a nivel mental. Shibraa se apoyó en su cola, usándola a modo de asiento, y comenzó su relato con una voz profunda e hipnotizante muy diferente a la que había estado usando hasta entonces.

« Toda mi vida ha estado condicionada por mi estatus con respecto a mi familia. Nací con la piel negra, y todos mis congéneres insistían que se debía a que yo era hijo del dios Hassur, como se lo conoce con el apodo de "la serpiente negra", pues supongo que la relación era evidente. Pese a que en la tribu donde yo nací todo el mundo conocía a mis auténticos padres, pronto se corrió el rumor de que mi madre había yacido con un dios, y mi padre no pudo aguantarlo por mucho tiempo y huyó para evitar la vergüenza que suponía tener un hijo de un color imposible. Aunque no lo creas, he terminado perdonándolo; el hecho de haberle asesinado cuando tuve la menor ocasión de volver a encontrármelo no tuvo nada que ver.

Los poderosos h’sar que, pese a todos sus recursos, no formaban parte del consejo Siradaan me miraron con curiosidad al principio y luego con recelo, aunque vieron claro como sacar provecho de la situación. Se me obligó a tomar el papel de enviado espiritual de los dioses, y comenzó a conocérseme como "El Elegido"entre los míos. La noticia se extendió a otras razas, y el pueblo drak se vio inmediatamente influenciado por la circunstancia. En aquellos tiempos los drak eran una panda de saurios crédulos… bueno, más o menos como en tus tiempos.

Se me concedieron rangos de influencia entre mi gente, y poco a poco fui encumbrado a una posición con los apoyos necesarios como para luchar contra el propio Siradaan… el propósito primordial de aquellos que me hicieron famoso entre los míos era derrocar el poder establecido para una vez logrado trazar ellos un mapa social y religioso a su antojo… contando con mi inestimable ayuda como emisario de Hassur, claro.

Esa época pasó por mi mente como un torbellino, arrasándolo todo. En aquel momento no era más que un muchacho confuso que paulatinamente pasó a cegarse, ebrio del poder que se le había adjudicado por el mero hecho del color de sus escamas. La vida era buena y provechosa por aquel entonces, y a mí no me importaba decir que no era hijo de mi padre con tal de conservar mis recién adquiridos privilegios. De hecho, paulatinamente me fui creyendo en verdad la historia de que yo era realmente el hijo de Hassur, y mis mentores aprovechaban esa situación para usarme como la punta de una lanza para penetrar el gran consejo h’sar.

Aun era bastante joven, y me había convertido en un desvergonzado y vanidoso ejemplo de mi raza, cuando fui encumbrado a la más alta jerarquía h’sar sobre los cadáveres de los antiguos gobernantes de mi raza. Todos creían que, una vez estuviera yo en el poder, me dejarían de lado para repartirse el botín a su antojo, pero me temo que el destino guardaba otros planes para mi persona; mi función aún no había llegado a su fin, ya que fue entonces cuando comencé a tener las visiones.

Al principio eran pequeñas imágenes que aparecían en mi mente indicándome cosas que estaban aún por ocurrir, pero llegado el día de mi coronación como Sumo Sacerdote mi mente estalló como cuando se le golpea con un enorme palo, y un torrente de sentimientos y vivencias que aún no había experimentado tomaron el control sobre mí.

Comencé a experimentar fases de tranquilidad combinadas con momentos de descontrol e historismo. Era consciente mediante las visiones de aquellos que tenían pensado asesinarme según llegara al poder, y no pude evitar hacer algo en consecuencia con todos aquellos traidores… Incluso yo aun me horrorizo cuando pienso en las cosas que les hice a aquellos que querían mi muerte y derrocamiento. Paulatinamente dio la impresión de que yo estaba cogiendo al fin las riendas de mi destino y estaba reclamando el poder por el que tanto había hecho, pero no fue ni mucho menos así: descubrí que lo único que estaba haciendo era cambiar de patrones.

Al principio pensé que las visiones eran provocadas por Hassur, que gracias a ellas hacía patente que me reconocía como su hijo legítimo, y llegué a pensar en él como en mi auténtico padre, pero era imposible que mi padre me ordenara cosas como la ejecución sistemática de todos los sacerdotes de Ashtar; incluso él debería saber que no existe la oscuridad sin la luz… pero yo no podía dejar de obedecerle.

Durante muchas lunas huí de mi gente y recorrí vuestras tierras buscando a alguien que pudiera ayudarme, ya que yo solo no podía y cada vez aumentaba más mi confusión y mi locura; ya no podía pensar con claridad y no tenía apenas control de mis actos, cada vez que intentaba pensar por mí mismo me dolía.

Pero desgraciadamente encontré menos apoyo que desprecio. Aquellos que no creen en Hassur creían que yo era un morkiva, una criatura poseída por el wukran, y fueron muchas las ocasiones en las que solo mis visiones reveladoras me salvaron de morir ajusticiado por una muchedumbre compuesta por las razas de sangre caliente que preferían matarme y exhibirme como trofeo antes de ayudarme a no caer completamente bajo el influjo de mi misterioso guía espiritual. El único que intentó apoyarme fue un chamán de tu raza que se hacía llamar… Rasay, si no recuerdo mal. El y yo compartimos el deseo de eliminar de mí las visiones durante largo tiempo, pero todo se truncó cuando me vi obligado a matarle una aciaga noche en la que habíamos progresado considerablemente.

Perseguido por el odio de las demás razas y frustrado por no haber conseguido librarme de mi otro yo, terminé cayendo definitivamente en la locura y me dejé llevar. A partir de ahí mis recuerdos están fragmentados, aunque soy plenamente consciente de lo que hice. Regresé con mis hermanos y comprobé que durante mi ausencia la raza h’sar había quedado desorientada debido a la ausencia de un liderazgo fuerte, por lo que me recibieron mejor que nunca. Volví a ocupar mi puesto de Sumo Sacerdote, cargo que no abandoné hasta mi muerte, y el espíritu que me poseía comenzó a llevar a cabo sus auténticos planes.

Una vez reunido todo el pueblo h’sar bajo un mismo líder, fue un juego de niños asesinar a los líderes drak y tomar también el control de su pueblo. Recuerdo que durante esa época hubo un chamán drak llamado Irib que estuvo a punto de conseguir expulsar de mi mente al espíritu maligno que me poseía mediante un curioso objeto que portaba siempre consigo, pero al parecer fue asesinado por sus propios hombres, acusado de traición. Como siempre, el espíritu al que obedecía seguía saliéndose con la suya.

Una vez encumbrado como dueño de todas las criaturas inteligentes de sangre fría, incluyendo a algunas tribus y razas que ya se perdieron en el olvido, les guié a una matanza sin sentido contra los de sangre caliente, cuyas consecuencias conoces bastante bien, supongo. Yo terminé muriendo asesinado por un caudillo akari llamado Osvesi, el hijo de Rasay, que para evitar que yo volviera al mundo de los que aun respiran me despedazo en minúsculos trozos que fue repartiendo por toda la superficie de Pangea. Ese fue mi final entre los vivos, pero afortunadamente no terminó todo ahí, puesto que al morir mi envoltura física recuperé mi mente y vagué como un espíritu errante hasta que fui convocado aquí, mientras que el espíritu oscuro que me había poseído volvió a los planos de las Tierras Profundas de los que salió, bastante orgulloso de todo lo que había logrado.

He jurado venganza eterna contra él, pero en mi actual estado no puedo hacer nada. Y ahí es donde entras tú, mamífero. »

EN TERMINOS DE JUEGO

Lamento profundamente el parón del mes pasado, aunque a mi modo de ver valió mucho la pena ceder este espacio a la primera (que esperemos que no última) edición de "La Verdad de Cunia". En fin, por nuestra parte continuamos en nuestro especial "Guerra de Razas", con grandes verdades (o no) jamás reveladas en otras fuentes de información, así que tenéis la exclusiva, hala.

CRONOLOGIA PRIMORDIAL DE PANGEA

    Creación de Pangea a manos del Gran Espíritu
    El Gran Espíritu crea a sus Trece Avatares
    Creación de todos los elementos y las razas por parte de los Avatares
    Reunión de los Avatares y los Primeros Nacidos
    Expulsión de los Ogros y exilio del Décimo Avatar, Chroun
    Ubicación de las Doce Razas Primeras por la superficie de Pangea
    Creación de los Segundos Nacidos
    Expansión de las Primeras Razas
    Comienzo de la Larga Noche
    Aparición del Wukran
    Cobijo de las Criaturas Puras bajo el Manto Protector del Gran Espíritu
    Nacimiento de los Primeros Kiva
    Resurgimiento de las Primeras Razas del Cobijo del Gran Espíritu
    Repoblación de Pangea
    Descubrimiento del Fuego, y de Como Controlarlo
    El Oscuro imbuye los malos sentimientos a las Primeras Razas
    El Gran Espíritu y el Espíritu Oscuro comienzan su eterna lucha
    Las Razas Reptilianas se alzan en armas contra las demás
    Ataque de los pueblos reptiles a los Dwandir y los Tikki
    Ataque de los pueblos reptiles a los Dwaldur
    La Tribu de los Guardianes de la Gran Montaña aprende a forjar el hierro

 

 

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Cita

«Que lo unido por la fantasía no sea roto por la realidad.»

Lema de las Talazbrágoles