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lunes, 4 de marzo de 2024


 

FRAGMENTOS DEL OLVIDO

(CUARTA ENTREGA)

Cuando Draknal se volatilizó de la misma manera que lo hizo Kora, Naest se sintió vacío por dentro, sumido en la más profunda de las tristezas. Es increíble como una decisión tomada en un mal momento, o por la persona inadecuada, pueda determinar de manera tan impactante el curso del tiempo y lo que está por venir. También pudo constatar que los hombres de antaño eran tan heroicos como los describían las leyendas, al menos los dos que había conocido hasta ahora... ¿Cuándo perdieron los habitantes de Pangea el favor de los espíritus y se convirtieron en las masas cobardes que a Naest le parecía que eran? ¿Cuándo dejaron los mendwan de tener corazón de gardan?

De pronto Naest se dio cuenta de que ese era su gran problema espiritual, había dejado de confiar en sus congéneres. ¿Para qué iba a seguir el difícil y rudo entrenamiento de chamán para terminar sirviendo a los intereses de personas que en realidad no se lo merecen? ¿Y desde cuando llevaba albergando esas dudas?

'No te preocupes, joven aprendiz. Las dudas que albergas son normales.'

El espíritu hablaba con un tono de voz conciliador.

- ¿Cómo que son normales? ¿Por qué?

'Grandes parecen las cosas que se han vivido hasta ahora en Pangea, pero aún queda muchísimo por delante. Cada persona se adapta a lo que le toca vivir, no es que unos sean más heroicos que otros. Créeme, mientras estamos hablando hay gente que está protagonizando actos de un valor increíble, solo que tú aún no puedes verlo. Es muy fácil creer que antes las cosas valían la pena mucho más que ahora, solo porque escuchas el punto de vista de aquellos que vivieron una parte fundamental de la historia. ¿Sería todo tan brillante si en lugar de haberte hablado Draknal lo hubiera hecho cualquiera de los que huyeron de su tribu en el momento de desesperación de la Oscuridad? Seguro que no.'

Naest quedó pensativo durante un buen rato, intentando concentrarse en la forma incorpórea que le acababa de recriminar su forma de pensar. La verdad es que sus palabras eran lógicas, él nunca había visto a ninguno de los supuestos grandes héroes que ahora mismo estaban vivos… Seguramente el joven líder Ursus tendría ahora una interesante historia que contar, tanto o mas como las de los habitantes de la cueva.

- Puede… puede que tengas razón - el tono de Naest no sonaba aún nada convencido - pero hasta que pueda creerte tendré que comprobarlo por mí mismo.

'No te preocupes por eso, lo harás llegado el momento… En esta cueva no solo aprenderás de los que ya no están entre vosotros, sino también de los que ahora comparten este mundo contigo… Y de los que lo harán.'

- ¿Te refieres a que veremos lo que está por venir? - Ahora la voz de Naest sonaba excitada, siempre había soñado con tener esa capacidad para poder saber que hacer y no equivocarse en sus decisiones… en realidad siempre se había dejado llevar por el miedo a no errar, y eso le impedía ser sincero consigo mismo, aunque todo esto aún no lo comprendía el joven chamán - ¿Y cómo haremos eso?

'Todo a su debido tiempo, niño… Ahora escucha lo que te tiene que contar Dridelkin, y aprende lo que debas de él.'

Con esto el espíritu volvió a desaparecer, pero esta vez lo hizo saliendo por la boca de la cueva y fundiéndose con la luz del sol que entraba. De repente Naest se sintió más solo que nunca. Incluso cuando la forma de un ser se perfilaba delante suya, hecho de luz, seguía sintiéndose solo y cansado.

La criatura que ahora tenía delante suyo era joven, no parecía mucho más mayor que él mismo. Si no se engañaba debía ser un dwandir, vestido con apenas unas pieles que le cubrían las piernas y que portaba dos pequeñas hachas de piedra, una en cada mano. En esta ocasión el nuevo invitado no comenzó con preámbulos, sino que pasó directamente a contar su historia. Naest detectó una cierta premura en la criatura por contarlo, como si tuviera que darse prisa porque algo llegaba.

«Yo soy Dridelkin, miembro de la tribu del arce, situada cerca del que hoy se conoce como Río Púrpura. Yo y dos congéneres míos tuvimos el honor de ser los primeros que salieron del abrigo del Gran Espíritu y se adentraron en la Larga Noche. Antes de que saliéramos el propio Gran Espíritu se presentó ante mí y ante mis dos primos Ryndeltin y Susuni y nos confesó que, aunque estaba intentando luchar contra el Espíritu Oscuro, no podría garantizarnos su protección por siempre. Por aquel entonces vivíamos en un lugar extraño inundado de luz blanca, en el cual no envejecíamos ni sentíamos sensaciones de hambre o frío, aunque a cambio ninguna de nuestras mujeres podía parir mientras estábamos allí. Desde que el Gran Espíritu nos acogió en su seno al instante comprendí que esa situación no podía durar demasiado, y las palabras del Gran Espíritu confirmaban lo que yo ya sospechaba.

Nos entregó a cada uno un hacha como las que yo porto, y nos dio comida y agua para la jornada que estaría por venir. Además, nos dio lo más importante: un palo de cuya punta surgía una llama calida pero que no se podía tocar, la primera antorcha que los habitantes de Pangea hemos conocido. Nos dijo que la mantendría encendida para nosotros para que pudiéramos ver en la Larga Noche, pero que no acercáramos la llama a ningún otro elemento, ya que eso haría que su furia se extendiera sin control. Fue mi prima Susuni la encargada de portar la antorcha, mientras que Ryndeltin y yo fuimos los encargados de llevar las hachas. Después nos metimos en la apertura que Él abrió para nosotros, para que pudiéramos salir de aquel cómodo y agradable lugar… Me avergüenza decir que los tres dudamos antes de hacerlo, pero terminamos saliendo.

Aquella fue la peor sensación de mi vida, el frío y la desolación penetraron en lo mas hondo de mi ser, y esta me acompañó hasta el final de mis días. Todo a nuestro alrededor era oscuridad, y solo gracias a la antorcha que podíamos vernos a nosotros mismos y poco mas allá. El Gran Espíritu nos dijo que buscáramos un lugar donde poder reestablecer nuestra tribu, y una vez allí que invocáramos su presencia; también nos dijo que bajo ningún concepto perdiéramos el fuego, puesto que era nuestro mayor aliado. Lo que no nos dijo es que habían quedado personas de diversas razas atrapadas en la Larga Noche, y que ahora estaban infectadas por espíritus semillas del Espíritu Oscuro.

Mía fue la difícil tarea de destruir al propio Draknal, el héroe mendwan que sucumbió a los poderes del wukran. No fue nada sencillo, puesto que su lanza era imparable, y tuve que recurrir al fuego para vencerle. En ese momento fue cuando descubrimos que los kiva se veían afectados por el fuego que llevábamos, y podíamos usarlo como arma llegado el momento. Fueron bastantes los kiva que encontramos en nuestro camino, y grande la oscuridad que nos rodeaba en todo momento.

Intentábamos no dormir todos a la vez, y nunca separarnos los unos de los otros, pero eso no evitó lo que pasaría después. Todos sabíamos que mas tarde o mas temprano los kiva intentarían dominarnos a nosotros mismos, pero no conocíamos nada que pudiera evitarlo. Mientras que estábamos juntos todo parecía ir bien, el problema fue que a base de convivir nosotros solos durante tanto tiempo Susuni y yo comenzamos a desarrollar sentimientos de afecto mutuo, y Ryndeltin, que era hermano de Susuni, no estaba dispuesto a interponerse entre el único sentimiento alegre que había podido ver desde que habíamos salido a la Oscuridad, y le producía felicidad el hecho de ver feliz a su hermana por primera vez desde hacía tiempo. Así, aunque ninguno de nosotros dijéramos nada, Ryndeltin tomó la costumbre de dejarnos un tiempo solos de cuando en cuando. No podíamos saber que los kiva aprovecharían esos momentos de debilidad.

Al principio no nos dimos cuenta, puesto que eran demasiado astutos para nosotros, pero pronto lo descubrimos. Entonces Susumi ya se había quedado embarazada de mí, y no podía moverse tan bien como nosotros. Cuando por fin llegamos a los restos de nuestra antigua tribu, una manada de diez o doce kiva nos sorprendieron; obviamente nos estaban esperando. Cuando me giré a Susuni para que me dejase la antorcha y poder defendernos ante ellos, pude ver como el hacha de Ryndeltin atravesaba el pequeño cuerpo de Susuni, y como la antorcha caía al suelo; la cara de mi primo reflejaba la mayor de las desolaciones, y a la vez expresaba una súbita alegría, un placer indescriptible…

Yo actué lo más rápido que pude, y lancé mi hacha contra Ryndentil de tal modo que abrí su cabeza de un solo golpe. Los kiva no se acercaban a nosotros debido al fuego, pero la antorcha había caído sobre la piedra y se estaba deshaciendo de una forma nada natural, parecía que el propio Espíritu Oscuro trataba de apagar la antorcha.

Entonces hice lo único que creía posible, y lo que fue la última cosa que hice en mi vida: para evitar que el fuego se apagara lo puse en contacto con mis ropas y mi cuerpo, y me convertí en una antorcha viva; el cuerpo me dolía como no lo había hecho nunca, pero estaba lo suficientemente impactado y furioso por la muerte de Susuni como para no notarlo. Entonces me abalancé sobre el cuerpo de Ryndentil, cogí su hacha y la mía, y me lancé contra los kiva que se interponían entre el futuro de mi pueblo y yo. La batalla duró poco, yo parecía un pequeño sol que segaba la vida de todos aquellos infectados por el Espíritu Oscuro, y donde yo pisaba quedaba un rastro de luz que no parecía apagarse.

Por fin, tras acabar con todos los kiva, extendí los brazos y con mi último aliento exhalé una plegaria al Gran Espíritu. Con mis ojos ya entrecerrados consumidos por las llamas que me rodeaban observé como se abría una apertura similar a la que nos sacó a nosotros y aparecía el resto de mi tribu, la cual solo pudo contemplar mi muerte impasible, aunque el Gran Espíritu tuvo la deferencia de explicarles lo que había ocurrido y como nos habíamos convertido en los mayores héroes en la historia dwandir hasta ese momento, y que seríamos recordados por al menos los miembros de mi tribu. Así, con el sacrificio de tres vidas y otra por venir, los dwandir de mi tribu logramos conocer el fuego y eventualmente saber usarlo, y además reconstruir aquello que el Espíritu Oscuro nos quitó. Nosotros no lo sabíamos, pero yo ahora sé que las demás razas bendecidas por la protección del Gran Espíritu tuvieron que vivir momentos semejantes, y que algunos de ellos estuvieron a punto de no lograrlo, aunque ahora me alegro de que todos lo hicieran.»

EN TERMINOS DE JUEGO

Bueno, aquí se reanuda la historia de Pangea. Quizá os haya llamado la atención la frase que Naest dice: 'Seguramente el joven líder Ursus tendría ahora una interesante historia que contar, tanto o mas como las de los habitantes de la cueva'. Como habéis podido comprobar en el libro básico de Pangea el gran Ursus ya cuenta mas de ochenta inviernos a sus espaldas, pero… ¿cuándo hemos dicho nosotros nada acerca de la época en la que sitúa nuestro relato? Ya iremos descubriendo mas detalles de a que tiempo pertenece Naest, si queréis seguir haciéndome compañía, claro.

CRONOLOGIA PRIMORDIAL DE PANGEA

    Creación de Pangea a manos del Gran Espíritu
    El Gran Espíritu crea a sus Trece Avatares
    Creación de todos los elementos y las razas por parte de los Avatares
    Reunión de los Avatares y los Primeros Nacidos
    Expulsión de los Ogros y exilio del Décimo Avatar, Chroun
    Ubicación de las Doce Razas Primeras por la superficie de Pangea
    Creación de los Segundos Nacidos
    Expansión de las Primeras Razas
    Comienzo de la Larga Noche
    Aparición del Wukran
    Cobijo de las Criaturas Puras bajo el Manto Protector del Gran Espíritu
    Nacimiento de los Primeros Kiva
    Resurgimiento de las Primeras Razas del Cobijo del Gran Espíritu
    Repoblación de Pangea
    Descubrimiento del Fuego, y de Como Controlarlo

 

 

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Cita

«Cunia es una ciudad sucia.»

Anónimo