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lunes, 17 de junio de 2024


 

FRAGMENTOS DEL OLVIDO

(TERCERA ENTREGA)

El rostro de Naest era la viva imagen de la desolación tras el relato de Kora.

- ¡No puede ser! - profirió de pronto entre gritos - ¡Eso no es cierto!

El primer espíritu volvió a situarse cerca de Naest.

"Claro que es cierto. En esta cueva solo te será mostrada la verdad."

- Pero... ¡Eso no tiene nada que ver con lo que me enseñó Uormo! ¡La raza de los ogros apareció mucho después, por la corrupción del Wukran! Además, esos avatares... ¿Tenían nombres y personalidades?

"Comprendo que estés confuso, pero tienes que hacer un esfuerzo para entenderlo. Aunque los chamanes son la casta más sabia de Pangea, no se puede transmitir un conocimiento de una generación a la siguiente sin que se pierda algo por el camino. Esa es precisamente la razón principal por la que esta cueva continúa existiendo, ya que por fortuna algunos de vosotros seguís viniendo por aquí para preguntar acerca del pasado…"

- ¿Y cómo es que la historia que yo escuché es tan distinta a esta, si ya hubo otros aquí antes que yo?

"Todos fueron tomados por locos, o no llegaron a salir vivos de aquí, en esos asuntos nosotros no podemos intervenir. Estamos esperando a aquel que rehaga la historia, aquel que llegue a transmitir nuestro legado a las futuras generaciones. En ese momento será cuando yo asuma la tarea de liberar a todos los que aquí están encerrados, y sepultar la cueva para siempre."

- ¿Tú harás eso? ¿Y por qué tú? ¿Por qué no me dices quién eres?

"Eso lo sabrás a su debido tiempo, Naest. Por ahora confórmate con saber que soy tu anfitrión y el señor de este lugar. Cuando se hayan ido todos, hablaremos seriamente tú y yo."

- Eso espero, sospecho que será la charla más interesante de todas.

"Yo también, cachorro."

Acto seguido, el espíritu desapareció, y Naest volvió a quedarse solo en la cueva. Fuera hacía buen tiempo, y él comenzaba a sentirse mejor. A fin de cuentas, ahora todo esto tenía un sentido, y eso le daba al joven chamán algo a lo que aferrarse. Ahora mismo, en ese momento de paz, se sintió mejor que en mucho tiempo. Se asomó a la entrada de la gruta y descubrió que el sol brillaba en lo alto, y que hacía un día estupendo…

¿Cuánto tiempo llevaría allí?

Naest no pudo evitar hacerse esa pregunta, pero no tenía forma de averiguar cuanto tiempo era eso. No tenía sensación de hambre o de frío, ni el sueño mellaba su cuerpo ni la fatiga quebraba su espíritu. Ahora mismo se sentía en armonía con la oscura cueva en la que se encontraba, y en consecuencia con toda Pangea.

Aprovechó en la medida de lo posible ese estado de éxtasis y lo disfrutó hasta que su meditación se vio interrumpida por un súbito desprendimiento de rocas de la cima de la montaña, las cuales cayeron de tal manera que cayeron dentro de la cueva un par de piedras de un tamaño no inferior a un coco. Naest abrió los ojos con rapidez y comprobó acercándose al borde que no había pasado nada, que solo eran eso, unas rocas.

En ese momento, un escalofrío recorrió su espalda y, al darse la vuelta, se topó de bruces con un mendwan alto y fuerte que le miraba de forma furibunda. Naest pegó un traspié y, si no fuera por su agilidad, se hubiera despeñado a través de la inabarcable cordillera que reposaba eterna bajo sus píes. Tras recuperar el aliento y asegurar su posición pegando su espalda a una de las ahora gélidas paredes de la cueva, Naest se volvió con violencia hacia aquel espíritu que había estado a punto de provocar su muerte.

- ¡Insensato! ¿No ves qué podría haberme matado?

El enorme mendwan le miró de forma escrutadora durante un buen rato antes de contestar. Durante ese tiempo de incómodo silencio a Naest le sobró tiempo para examinar a su amenazador acompañante de forma más detallada: tenía el pelo negro y largo cubriéndole gran parte de la cara, vestía unos ropajes de piel de pantera muy mal trabajados, portaba una lanza de cuya punta sobresalía una piedra de color verdoso, y le sacaba fácilmente cinco palmas de alto y al menos dos de ancho a la altura de los hombros. Su cara era de facciones rudas y primitivas, pero sus ojos reflejaban una serenidad propia de quien lleva toda una vida desafiando a la muerte sin volverse loco.

No parecía estar hecho de luz como ocurría con Kora, de hecho daba la impresión de que se le podía tocar, aunque Naest no contempló la posibilidad en ningún momento, aunque era joven no se tenía por alguien imprudente, y no tendría la más mínima oportunidad contra alguien así en combate directo. Por ello esperó pacientemente la respuesta que quisiera darle, si es que quería.

- Solo estaba poniéndote a prueba.

La voz del mendwan sonaba áspera y cavernosa, como la de una bestia.

- ¿Quién eres? ¿Existes en verdad o también eres uno de los espíritus de los que ya no están con nosotros?

- No tengo cuerpo desde hace más tiempo del que pueda recordar, y llevo casi tanto prisionero en esta cueva, revelando mi historia a gente como tú para que puedan recordarla y transmitirla, pero por muchos que hayan venido nunca dejan de presentarse aquí nuevos aspirantes, y ya estoy harto de depositar mis esperanzas de redención en gente que al salir de aquí se deja morir sin haber dispersado nuestro legado por sus semejantes.

Estaba claro que ese hombre estaba furioso de verdad, aunque melancólico al mismo tiempo.

- Pero el amo no me dejará salir hasta que alguien lo consiga, y es por eso que me veo de nuevo obligado a contarte mi historia, mis hazañas y mis fracasos.

Dicho esto se sentó en una esquina de la gruta, e hizo señas a Naest para que se le acercara.

«Mi nombre es Draknal, y después de toda una vida cazando para la tribu del sol recibí la bendición de poder llegar a ser su líder. En aquel tiempo todo era muy distinto a lo que conoces, la vida era mucho más salvaje y cruel, y las tribus de una mano de manos de individuos eran los grupos más grandes que podíamos soñar con reunir. Nuestra tribu era una de las más fuertes y habitábamos en las orillas del río púrpura, cerca de donde ahora se asienta vuestro mayor grakin, Aguaclara.

Durante mi liderazgo el Gran Espíritu, que todavía estaba con nosotros, me bendijo y gracias a él la tribu fue dichosa y no tuvimos ningún problema grave. En menos de cuatro manos de drumas nuestra población aumentó mucho más que lo que lo había hecho desde que el padre de mi padre fundó la tribu, y llegamos a las tres manos de manos de individuos, convirtiéndonos en la más numerosa de las tribus mendwan conocidas, aunque en aquel tiempo las razas nos llevábamos bien entre nosotras y había machos y hembras de otras razas entre nosotros, sobre todo dwandir.

Pero todo eso se acabaría. Llegó hasta nosotros un anciano mendwan de piel blanca que cubría su cuerpo con una piel de brontotigre y portaba esta lanza que yo llevo ahora. Decía ser un extraño en nuestra tierra, pues él venía del frío norte, y nos pidió cobijo y comida a cambio de compartir con nosotros historias de su tierra. Nosotros aceptamos, ¿qué podíamos sospechar de un anciano?

Estuvo con nosotros unas cuantas lunas, y llenó nuestras mentes y nuestros corazones de historias de la gente del norte, historias tristes en las que los héroes nunca vencían y en la que el único final era la muerte de la tribu en la que estaba basada. La noche antes de seguir su camino hacia el mar, se reunió conmigo en privado y me dijo que las cosas iban a cambiar dentro de muy poco, y que asumiera mis tareas como creyese conveniente. No sabía si me estaba amenazando o previniendo, pero acto seguido me entregó su lanza, para protegerme.

Se fue al día siguiente, con el sol en su cenit, y ninguno de nosotros nos entristecimos por su partida. Pero tres jornadas después no pude pensar más que en él cuando cayó una noche como otra cualquiera pero no volvió a salir el sol. Una total oscuridad nos sumergió durante dos estaciones, y la gente de mi tribu dejó de confiar en mí y en el Gran Espíritu, hasta que sólo quedaron dos manos de individuos conmigo, los más fuertes, que no habían sucumbido a la Larga Noche.

Porque durante esa época la gente moría de repente, tragada por la oscuridad que barría el mundo cuando no había luna en el cielo, que era la mayoría del tiempo. Solo las estrellas nos iluminaban, pero su luz era tenue y muerta, y era casi estar a oscuras. La gente enfermaba o desaparecía, y no podíamos hacer nada por evitarlo.

Entonces llegaron los morkiva, los espíritus primigenios del Wukran, y nos atacaban sin piedad, siempre, sin darnos un momento de descanso. Muchos más cayeron en mi tribu hasta que sólo quedamos las dos manos que antes comenté. Nos turnábamos para dormir no más de dos puños, para volver a combatir con los espíritus durante mas de una jornada entera, aunque ya no podíamos saber cuanto tiempo pasaba. Mi lanza se mostró muy útil durante ese tiempo, ya que podía dañar sin problemas a los morkiva, aunque mis compañeros se las apañaban como podían, pues en aquel entonces los morkiva aún no eran tan poderosos como llegaron a serlo y un ser viviente podía dañarles incluso con sus propias manos.

En la jornada que murió nuestro mejor luchador aparte de mí, una gardan llamada Banut, fue irónicamente cuando se nos dio esperanza, y cuando apareció en el suelo a mi lado una cegadora luz blanca proveniente de un túnel que acababa de surgir a mis píes, desde el que una dulce voz de mujer nos decía que entráramos para huir del mal recién formado, del Wukran, antes de que fuera tarde. La sensación de calidez de la luz y la voz casi nos obligaba a bajar por el túnel, y algunos de nosotros comenzamos a hacerlo, pero en ese momento la lanza me habló, aunque creo que nadie más podía oírlo, y me dijo que era el más bravo luchador que la había poseído y que estaba segura que podía derrotar al Wukran con su ayuda.

Las dos voces se volcaron en mi interior e intentaron convencerme, cada una para atraerme a su causa. Mis compañeros, que ya estaban dentro del túnel, vieron como vacilaba en entrar, y dos de ellos, mi hermano Radast y mi pareja Kimsem, se quedaron a mi lado. Al final la lanza pudo más que yo, y eché a correr hacia la oscuridad empuñándola, seguido por aquellos que eran mi familia, atormentado por el rostro del extraño que me había entregado el arma.

Al poco tiempo vimos que la luz, y otras muchas luces a lo largo de la cuenca del río, se apagaban y quedamos en una total oscuridad. Ni luna ni estrellas ni esperanza. En ese momento me di cuenta del error que había cometido, pero ya era tarde. La noche se hizo sólida y nos cubrió por completo, como un manto. Así, nosotros tres fuimos los primeros Kiva que existieron, los tres primeros mendwan corrompidos por el Wukran, una plaga que aún en tus días sigue atormentándoos. »

EN TERMINOS DE JUEGO

En esta entrega hacemos un poquito de narrativa y reubicamos a Naest dentro de la cueva. Además, presentamos a un insólito personaje, el primer Kiva (humano corrupto) de la historia de Pangea, dado que él y sus dos amigos fueron los únicos que no hicieron caso a la oferta del Gran Espíritu a refugiarse en las entrañas de Pangea hasta que todo pasara…. Pero vamos, esa historia es muy larga y puede dar para que nos decidamos a compartirla con todos vosotros con detenimiento. Hasta el mes que viene, espero que sigáis ahí, para ver donde acaba (o comienza) nuestra historia.

    CRONOLOGIA PRIMORDIAL DE PANGEA

    Creación de Pangea a manos del Gran Espíritu
    El Gran Espíritu crea a sus Trece Avatares
    Creación de todos los elementos y las razas por parte de los Avatares
    Reunión de los Avatares y los Primeros Nacidos
    Expulsión de los Ogros y exilio del Décimo Avatar, Chroun
    Ubicación de las Doce Razas Primeras por la superficie de Pangea
    Creación de los Segundos Nacidos
    Expansión de las Primeras Razas
    Comienzo de la Larga Noche
    Aparición del Wukran
    Cobijo de las Criaturas Puras bajo el Manto Protector del Gran Espíritu
    Nacimiento de los Primeros Kiva

 

 

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Cita

«¿Quieren guerra? Pues tendrán la guerra más radical que haya existido. Esto es la guerra total.»

Goebbels