DESDE EL SÓTANO
Nº: 37 . 3ª época. Año III
Regreso a casa Por: Ruben Ramos Núñez «Ezekiah»
 

Regreso a casa

La tierra humeaba, ennegrecida. Pequeñas volutas de humo ascendían de entre la hierba quemada y los restos de arbustos que, ya unos cascarones vacíos asemejaban dedos de manos que se alzaban suplicantes a los cielos. Bajo sus pies descalzos, N´gubo sentía los rescoldos del fuego que había abrasado la sabana dos días atrás. Sin embargo, a pesar de la desolación circundante, no era el final, ni un desastre. Había sido así desde el principio de los tiempos, en que el Gran Espíritu había creado la misma tierra. Ya, incluso en esos momentos tan desoladores, aquí y allá se veían signos de vida: Insectos yendo aquí y allá, con misteriosos objetivos ocultos en sus pequeñas cabezas, mariposas revoloteando entre los pocos retazos de vegetación que había resistido contra todo pronóstico rodeada por las llamas… un ciclo de creación y destrucción que nunca se detenía.

A N´gubo le quedaba aún un largo camino hacia su poblado. Y el camino más corto pasaba por cruzar esa extensa área ennegrecida de sabana, ya que de otro modo, el rodeo que le obligaría a dar le retrasaría más de media jornada. Por lo tanto, arrugando la nariz, tratando de evitar el olor a quemado y la ceniza, avanzó con paso ligero. A cada zancada, se levantaban pequeños restos de ceniza y hierba aún encendida, que saltaban volando en pequeñas y nerviosas chispas. Mientras caminaba, oyó a lo lejos el bramido de un búfalo. Seguramente, asustados por el fuego, se dirigían en su migración anual hacia los pastos del norte. Como siempre había sido en la estación seca. N´gumo asió su odre, hecho con la vejiga de uno de esos animales, y lo levantó para tomar un trago. Pero a pesar de inclinarlo concienzudamente, e incluso apretar su base para exprimir las gotas que le quedasen, no salió nada de su interior. Con un gesto de disgusto, volvió a colgárselo al hombro, y continuó su marcha. El sol caía con fuerza, lo que agravó la sensación de sed, y lo que unido a lo fatigoso de la caminata, implicaba un cansancio aún más acusado. Sacudió la cabeza. No había otra opción que seguir adelante.

Tras un largo tiempo caminando, N´gubo observó, en el sinuoso horizonte, debido al calor y el calor que desprendía la tierra, una figura que se acercaba, o por lo menos, llevaba una trayectoria que implicaba el cruce de sus caminos en algún punto de la caminata. Sonrió, pues eso, significaba que podría darle un poco de agua, como requerían las reglas de hospitalidad entre viajeros en la época de la estación seca. El hecho de que fuese un guerrero no cambiaba las cosas. Alguien en necesidad, era alguien necesitado, se viese, por donde se viese. Apretó el paso, impaciente.

A medida que se iba acercando, la expectación fue tornando poco a poco en intranquilidad, ya que el viajero le resultaba extraño y a la vez familiar. Su forma de andar, corpachón… le recordaba a algo o alguien conocido a N´gumo, pero a la vez, le resultaba completamente ajeno a él. Cuando alcanzó lo suficiente como para verle, su nerviosismo se torno en puro terror, sustituido poco a poco, por fuerza de la costumbre, en alerta, tensando los músculos preparado para lo inesperado. Delante de él, un gardan, huraño, le miraba fijamente, con los ojos entrecerrados. En lo alto de su cabeza, desde la raíz del pelo de su melena, caía un pequeño hilillo de sangre, que bajaba por la cara, caía por el lado derecho de la nariz, y bajaba hasta la comisura de los labios. Cerraba los puños con fuerza. N´gumo supo quien era entonces, sin ningún atisbo de duda: Era uno de los gardan de la tribu con la que su tribu tenía una lucha por el territorio circundante a un pequeño lago, que se mantiene con agua en esa época, un recurso vital para la supervivencia de ambas tribus, para su ganado, y para ellos mismos. Por esa misma razón, era imposible conciliar posturas entre ambas razas. Los pocos animales que se acercaban además a beber allí, eran demasiado pocos para compartirlos. La lucha había alcanzado, hacía ya algunos días unos tintes dramáticos… para los gardan. La organización y alianza con otras tribus, a cambio de ciertos privilegios de paso y concesiones sobre el lago, hicieron que la tribu de N´gumo, aplastase a los gardan, que a pesar de ser valientes y arrojados, luchaban solos, y no eran suficientes miembros para acabar con todos los hombres que les hacían frente, en un ataque sorpresa en la zona de acampada de los gardan. Habían sido muy pocos los que habían conseguido salir de allí. Y este era uno de ellos. Recordaba como Juna le había golpeado con fuerza, y lo había dejado tirado moribundo. Simplemente se había debido a cuestión de pura suerte, el que sobreviviese, había objetivos más letales a la vista. N´gumo se aprestó, lanza en mano, para evitar cualquier ataque, previendo la confrontación que se iba a producir con una sensación de pesar, previendo lo que iba a suceder. En vez de eso, el gardan se sentó en el suelo, lenta, parsimoniosamente. Pudo ver entonces como un feo y profundo corte en el interior del muslo derecho, sangraba abundantemente. Apoyó las manos sobre las rodillas, e inclinó la cabeza. Por un momento, N´gumo pensó que había muerto, o por lo menos, había caído presa del cansancio. Tras unos momentos de incertidumbre, dijo:

Vienen a por mí. - N´gumo, dudó unos instantes, y replicó: ¿Quiénes? El gardan giró la cabeza, e hizo un leve ademán hacia donde miraba. Entonces, pudo ver quien le perseguía, tres hombres, con chillones, se acercaban a buen ritmo hacia ellos. Debía de haberles sacado una gran ventaja, a costa de mucha de su energía, pero a la larga, se había demostrado bastante peregrina. No se puede correr delante de los chillones mucho tiempo. A medida que se acercaban, observó que eran tres miembros de los Hum, una tribu vecina que había acudido en ayuda de la de N´gumo, pero cuyos métodos, y enemistad ancestral con los gardan eran demasiado, viscerales. N´gumo miró al gardan, y este se la devolvió. Creyó ver un atisbo de súplica en ellos. Entonces creyó saber lo que tenía que hacer. Si los rumores eran ciertos, el destino que le esperaba al gardan era horrible, humillado, medio muerto, sería exhibido como trofeo por el poblado Hum. Y nadie se merece ese destino. Un guerrero, pensó N´gumo, merece una muerte de guerrero. Alzó la lanza. Descargó un fuerte y seco golpe en el pecho del gardan, y con sus últimos estertores, intentó decir algo, apenas audible…pero sus ojos, empañados en lágrimas, mostraban alivio y agradecimiento. Luego, lenta, parsimoniosamente, sacó al jabalina del cuerpo, la limpió, y esperó a que los jinetes llegasen a su altura. Tendría que dar muchas explicaciones de porque había hecho eso, si no quería que su tribu y los Hum se enemistasen. Suspiró. Aún faltaba mucho para que llegase a casa.

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