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Disfraces de fiesta
Durante la Guerra de Independencia, las tradiciones españolas, y en concreto las fiestas, se mantuvieron en la medida de lo posible, al menos allí donde no se estaba en el mismo frente en ese momento.
En las zonas controladas por las fuerzas napoleónicas, mantener las tradiciones era una concesión útil para mantener la sensación de normalidad y legitimidad. En las zonas bajo el mando español, las tradiciones culturales servían para mantener la moral alta y la sensación de que los invasores no iban a ganar.
Sin embargo, en ambos casos las fiestas eran modificadas en alguna medida. En el caso de los franceses, podían procurar que las celebraciones fueran menos ruidosas, más tranquilas y ordenadas de lo habitual. En general, evitarían exaltar los ánimos y es lógico que se censuraran o limitarán actos que específicamente reivindicaran cuestiones ofensivas para el gusto francés, o demasiado relacionadas con el carácter nacional español.
En cambio, en el bando de los invadidos se aprovechaban las fiestas para incluir reivindicaciones nacionales y religiosas dentro de festividades que podían tener un carácter meramente ocioso o pagano.
Por supuesto, en ambos bandos se podían incluir desfiles militares con propósito propagandístico y visibilidad de los gobernantes que se consideraban a sí mismo legítimos en cada zona y en ese momento.
La relajación de las costumbres, la llegada de gente de fuera para disfrutar las fiestas o para instalar puestos de mercado, suponían una oportunidad para actividades que en otro momento no estarían igual de bien vistas. Específicamente para los resistentes españoles en zona francesa podrían suponer una oportuna libertad de movimientos y facilidades a la hora de pasar desapercibidos.
Para este fin, las fiestas de carnaval serían especialmente adecuadas, aunque no las únicas. Las máscaras y disfraces tradicionales, por mucho que supongan una ocultación de la identidad, son difíciles de censurar sin un rechazo importante de la población, dado un arraigo que podía venir de generaciones atrás. Lo mismo podía pasar con vestimentas, capuchas, tocados y velos típicos de los ritos religiosos de Semana Santa, día del patrón, navidades...
Mecánicas
De cara a las mecánicas de juego, la dirección debería otorgar un grado menos de dificultad a las tiradas para pasar desapercibido u ocultarse durante las fiestas patronales, si además los personajes van vestidos a la manera tradicional. Si la vestimenta incluye máscaras o capuchones que cubran el rostro, esta bonificación podría extenderse a dos grados menos de dificultad, en aquellas poblaciones donde los franceses estén bien asentados y acostumbrados a las fiestas locales. En cambio, allí donde los franceses lleven poco tiempo cuando se produzca el evento y tengan un comandante desconfiado, llevar una máscara podría suponer que te pare más a menudo para comprobar tu identidad, redundando en un grado más de dificultad para los mismos propósitos.
Ejemplo: mascaradas de Ávila
Ávila es una provincia útil como ejemplo, por haber estado ocupada su ciudad la mayor parte de la guerra (de 1809 a 1812) pero habiendo ofrecido fuerte resistencia su campo y su sierra, en especial la zona sur. Por tanto, se da una circunstancia de ocupación francesa, presencia de guerrilleros y carnavales relevantes.
Disfraces de fiestas de máscaras en Ávila Museo de Ávila. Licencia Creative Commons CC0 - Dominio público.']>
[F]Peña Conversa, J. (2024), Disfraces de fiestas de máscaras en Ávila Museo de Ávila. Licencia Creative Commons CC0 - Dominio público.
Así, en la fiesta de los Cucurrumachos de Navalosa, el traje tradicional permite ocultarse del todo, mediante un mono de manta pinguera, máscaras de madera recubiertas de crines, huesos, cuernos y pieles. También llevan decenas de cencerros y zumbas atados a su cuerpo, y portan horcas o estandartes, con cráneos y huesos animales, algo que puede resolver a los personajes ocultos el tema de ir armados.
Los diversos personajes de la fiesta de los Hamarrachos de Navalacruz tienen también cada cual su máscara y las mujeres visten un manto a rayas sobre la cabeza que también puede servir para pasar desapercibidas. Máscara y uniforme llevan los Machurreros de Pedro Bernardo, y total cobertura proporcionan también los trajes de los Zamarraches de Casavieja.
Estos personajes tenían además la función simbólica de ahuyentar a los espíritus malignos y demonios en carnaval, por lo que es fácil relacionarlos con el rechazo al invasor francés.
Si bien las versiones modernas de los trajes y máscaras son reinterpretaciones del pasado y en muchos casos no se sabe bien cuándo comenzaron y si lo hicieron de la misma forma, sí sabemos que las mascaradas de carnaval en estos pueblos, en las que además se solían realizar no pocos actos profanos, existían al menos desde la segunda mitad del siglo XVIII, es decir, entre 60 y 25 años antes de la invasión napoleónica.
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