DESDE EL SÓTANO
Nº: 256 . 3ª época. Año III
Desde Dentro de Verdialto Por: Daemonideus
 

Relato: «Desde Dentro de Verdialto»


A veces creo que quienes nacimos en Verdialto vivimos engañados. No porque esto sea un paraíso -ni de lejos- sino porque aquí dentro uno olvida cómo huele realmente Inferna Relato: "Desde Dentro de Verdialto".

En Verdialto el agua corre por tuberías remendadas mil veces, tibia y con sabor a hierro, pero corre. En los bancales crecen patatas y maíz, y si la cosecha no falla demasiado, nadie pasa hambre grave.

Las noches son frías, sí, pero no mortales: tenemos muros de piedra vieja, cemento pobre y planchas de chatarra soldadas torcidas. Resistentes. Feos.

Suficientes.

Mis manos tienen grietas de tanto cargar sacos y limpiar filtros, pero están enteras. Mis vecinos tienen tos por el polvo, pero no sangran por los ojos. Y cuando duermo, duermo de verdad, sin el sonido de cosas moviéndose bajo la tierra o respirando detrás de las paredes.

Pero eso es aquí dentro.

Fuera… fuera no tenemos palabras suficientes, y quien quiera entenderlo debe caminarlo.

A una hora de Verdialto, la tierra deja de ser tierra. El suelo se abre en llagas secas, y cada grieta escupe ceniza negra que se mete en la ropa, en la lengua, en los pulmones. El viento arrastra fragmentos de huesos que golpean como perdigones. En la distancia, los Campos de Carne se agitan bajo las ráfagas, como si algo intentara despertar allí abajo.

La gente de aquí no habla de los Lamentadores, pero todos los hemos oído alguna vez. Ese grito húmedo que parece venir de una garganta rota. Si te pilla solo, te paraliza. Dicen que es como si alguien te sujetara desde dentro del pecho, obligándote a escuchar.

Y eso no es lo peor.

Más allá del arroyo muerto están los caminos hacia el Horizonte Cadáver. Allí los huesos no crujen por el viento: crujen porque algo se mueve debajo. Algo grande. Algo que no quiere que estés allí.

Y si al caer la noche ves ese resplandor verde en el cielo, no reces: corre. Las tormentas de la Llama Negra arrancan piel, oxidan metal al contacto y te dejan la garganta abierta por dentro.

A veces los jóvenes de Verdialto preguntan por qué no vivimos "como antes", por qué no salimos más lejos, por qué no recuperamos lo que queda del antiguo mundo.

Yo sólo les digo una cosa:

—Si crees que esto —señalo los muros viejos, las callejuelas de hormigón roto, los depósitos de agua— es duro, es porque nunca has pisado Inferna.

[C]Porque aquí dentro duele vivir.

Pero allí fuera…

Allí fuera duele existir.

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