DESDE EL SÓTANO
Nº: 255 . 3ª época. Año III
Baltasar Calvo Por: Nacho Conesa
 

Baltasar Calvo

El canónigo Baltasar Calvo fue protagonista de una de las escenas más sobrecogedoras de la Guerra de la Independencia, por su crueldad y por lo temprano de la misma, cuando el horror de la guerra no había, de verdad, campado a sus anchas por España.

Poco se sabe de canónigo antes de su llegada a Valencia en torno al 30 mayo de 1808. Tan solo que contaba con unos 40 años, era natural de Jérica (en la actual provincia de Castellón), que era canónigo de la sacramental de San Isidro, en Madrid y que llegó a Valencia con el osado propósito de hacerse con el control de la ciudad, aprovechando el soliviantado clima de agitación que habían producido los sucesos del dos de mayo en Madrid. Si bien parece que los ingleses sospechaban que era un agente del mismísimo conde de Berg, por lo que aparentemente contaba el mismo había tenido que huir de Madrid disfrazado para evitar ser capturado y ejecutado por los franceses. Sea como fuere, lo que si parece seguro es que, nada más llegar a Valencia, solicitó incorporarse en la Junta Suprema de Valencia, que se había autonombrado el de 25 mayo como depositaria de la soberanía popular y en defensa de los derechos regios de Fernando VII. La solicitud fue rechazada por los integrantes de la Junta de forma fulminante, pero eso no amedrentó a Baltasar, que intentó atraer a su causa a otros miembros prominentes de la sociedad Valenciana para que le ayudasen a tomar el control de la Junta bajo la acusación de tibieza ante el asalto francés. Razón no le faltaba, ya que la Junta, en aquellas fechas, y si bien se había declarado soberana y fiel a Fernando VII, tampoco había declarado formalmente la guerra a Francia, e intentaba ganar tiempo esperando acontecimientos.

De cualquier forma, este intento de tomar el control de la Junta tampoco tuvo éxito, así que se dedicó a soliviantar a las clases menos pudientes de la sociedad valenciana, ciertamente agitadas ante la inactividad de la Junta. Se daba la circunstancia de que, en los días previos, la Junta había facilitado a los ciudadanos franceses la posibilidad de refugiarse en la Ciudadela de la ciudad, para evitar ser asaltados en la calle debido a lo caldeado de los ánimos. Pues bien, el canónigo comenzó a extender el rumor de que los franceses allí refugiados eran en realidad espías que estaban conspirando para tomar el baluarte y facilitar la posterior entrada de los franceses en Valencia. Esgrimiendo esta temible amenaza, la tarde del 5 de junio, Baltasar Calvo lideró a una multitud armada hacia la fortaleza y la tomó con facilidad, haciéndose con varios sacerdotes para ayudarle a ejecutar su funesto plan: una vez tomada la Ciudadela, fue convocando a los franceses uno a uno bajo la excusa de ofrecerles confesión para, aprovechando que estaban a solas, hacerlo ejecutar a golpe de garrote en presencia del horrorizado confesor.

Cuando los hechos llegaron a oídos de la Junta Suprema, esta intentó razonar con el canónigo para detener la matanza. Al negarse este, solicitaron ayuda a las comunidades religiosas de Santo Domingo y San Francisco, que consiguieron entrar en la ciudadela e interceder por los prisioneros. Consiguieron aislar a 143 de ellos en una sala, bloqueando con sus cuerpos la entrada a la misma. Ni con la amenaza de disparar contra ellos un cañón cargado de metralla consiguió Baltasar Calvo que los religiosos retiraran su protección. Frustrado e iracundo, mandó a sus colaboradores a recorrer la Ciudadela buscando a los franceses que pudieran quedar escondidos en ella, dándoles caza en una noche de horror. Algunos de ellos pidieron confesión antes de ser ejecutados, a lo que el canónigo se negó inicialmente, pero al ver desfallecer la resolución de sus seguidores ante tan terrible decisión, que atentaba contra los principios básicos del catolicismo, Baltasar admitió dejar que alguno de los religiosos que protegían a los 143 franceses, administrase el Sacramento al resto de franceses capturados, que eran ejecutados tan pronto el fraile terminaba.

La mañana de 6 de junio amaneció en una situación de tensa espera. Las ejecuciones de los franceses habían terminado en la Ciudadela, salvo los 143 que aún estaban protegidos por los frailes. La ciudad estaba consternada por lo sucedido, esperando que por fin el horror hubiera terminado, pero Baltasar Calvo no tenía intención de dejar de hacer muestras de su poder. Convocó ante él al Capitán General de la plaza, para insinuarle que se hiciera a un lado y se hizo con el correo que venía de Madrid. Tras examinarlo, concluyó que la Junta Suprema no tenía capacidad de defender la ciudad, la declaró abolida y creo su propia Junta Suprema con cinco de sus colaboradores. Para rematar su demostración de poder, convenció a los frailes que le dejasen a su custodia a los 143 franceses para trasladarlos a las Torres de Quart, donde se les protegería ante cualquier agresión. Una vez conseguida la custodia de los prisioneros, los llevó engañados a la plaza de toros donde prosiguieron las ejecuciones hasta que no quedó francés con vida. Al tiempo, los agitadores recorrieron la ciudad yendo casa por casa a la búsqueda de ciudadanos franceses para ejecutarlos tan pronto eran encontrados. El control de Baltasar Calvo parecía incontestable.

Sin embargo, dos de los principales cabecillas del alzamiento de Valencia el 25 de mayo y a la sazón miembros de la Junta Suprema, Vicente Beltrán y el fraile Juan Rico, consiguieron entrevistarse con Baltasar Calvo y convencerlo para que acudiera a una reunión de la Junta en la que lo nombrarían vocal y le permitirían así entrar en la máxima autoridad de la ciudad. El confiando canónigo acudió a la reunión el 7 de junio en la que, en lugar de recibir el esperado nombramiento, se encontró con una acusación de traición y asesinato en toda regla, fue capturado y enviado de forma expedita por barco a Mallorca para evitar que fuera liberado por sus seguidores.

Una vez pacificada la ciudad y calmados los ánimos, Calvo fue conducido de vuelta a Valencia, juzgado por alta traición y mandante de los asesinatos del 6 de junio, encontrado culpable y ejecutado por garrote el 3 de julio de 1808. Su cadáver fue expuesto durante cuatro horas en la plaza de Santo Domingo con la inscripción "Por traidor a la patria y mandante vil de asesinos".

Universidad de Alicante.

Con esto terminaba la terrible aportación a las páginas de la historia de una persona que demostró como, apelando a los instintos más bajos de la turba, se podía llegar a poner de rodillas a una ciudad de 100.000 almas.

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