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lunes, 25 de septiembre de 2017


 

Randazzo, el desfiladero de la muerte

La ciudad de Randazzo está ubicada en un desfiladero con el monte Etna al sur y las montañas Caronie al norte. El terreno se eleva, mucho, hasta llegar a la localidad y el campanario de la iglesia, de ladrillos oscuros con ventanales claros y un tejado picudo y rojizo, es lo primero que se ve desde lejos. Los hombres de la Sangrienta Siete se temen lo peor. No solo puede haber un observador de artillería en aquella construcción, sino que todo el pueblo puede ser una maldita ratonera en el fondo de una alcantarilla.

Los alemanes se han retirado de Traido y los jefes creen que se están retirando de la isla a causa del avance de los compañeros de la tercera por la costa, pero el sargento Rogers no se fía. Si la información fuera cierta, ya estarían allí los británicos que, empiezan a pensar, que se detienen cada hora a tomar su estúpido té.

Con lentitud, buscando abrigo en cada piedra, en cada árbol, se acercan al pueblo. Un río de montaña baja animoso por las laderas de las Caronie y quiebra a la izquierda para esquivar el Etna justo antes de la entrada del pueblo. Hay un pequeño puente de piedra que da acceso a un camino que se difumina a los pocos metros. Sobre el puente, con una bandera blanca, dos personas vestidas de civiles y con edad suficiente para haber visto la guerra anterior.

Rogers no se fía. Ha tenido suficientes experiencias con falsas banderas blancas para que hayan perdido su significado. Para su desgracia, mientras rememora esos instantes, se olvida de apartarse de la mirada del teniente y así, sin prestarse voluntario, la Sangrienta Siete se encuentra encabezando la marcha en pos de los portadores de la paz.

-Huele mal, teniente, dice. ¿Por qué iba a querer rendirse esos italianos?

-Tu cometido será averiguarlo.

Entre murmullos y miedos, la veterana unidad se aproxima al puente. Sus compañeros, cautos, vigilan desde la distancia. Rogers, por su parte, no mira a los ancianos sino que recorre todas las ventanas y tejados de la periferia buscando a algún maldito francotirador.

-Buenos días -dice a los civiles cuando está a dos metros de ellos. No piensa acercarse más.

-Sono britannico?

Rogers le enseña con algo de disgusto por la comparación el emblema de su camisa y responde:

-Yanquis, viejo. Los de las barras y las estrellas. Si quiere a los británicos tendrá que esperar unos días.

Los civiles, naturalmente, no hablan inglés y si lo hicieran, es raro que pillaran el cerrado acento del medio oeste americano.

-I nazisti sono andati. Noi non siamo amici del Duce. Non bombardare la città. Ci sono bambini e donne.

Rogers busca a Gonzalez con la mirada, pero el latino del grupo se encoge de hombros. No entiende lo que están diciendo. El anciano insiste:

- Bambini e donne in città. Bambini e donne in città.

-Creo -termina adivinando Gonzalez- que quiere que busquemos a su mujer y a sus hijos.

Rogers se frustra, da un paso más los civiles y pregunta:

-¿Alemanes? -Los ancianos niegan con la cabeza- ¿Nazis? -nueva negación - ¿Boches? ¿Cabezas Cuadradas? -vuelven a decir no y no- ¿Camisas pardas?

Y entonces se callan y la Sangrienta Siete, por instinto, busca refugio en la base del puente...

 

 

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«Realmente no tenemos nada que ocultar. Hemos limitado esa zona del espacio para evitar accidentes.»

Almirante Gund Ferr (4ª Flota RFP)